Friday, February 12, 2010

Dopamina y niños

Desde que nació mi hijo, mi vida se ha convertido en un stress.

Me siento como corriendo en una maraton en la que no sé muy bien cuánto falta para la meta, sólo sé que tengo que seguir corriendo y corriendo.

Me pregunto qué nos conduce a tener hijos. Yo os diría: no tengáis hijos, aunque sólo sea para poder hacer frente al sentimiento de estupidez generalizada que existe al respecto, a todos los estereotipos existentes.
Cuando cumplí 14 años, mis familiares me decían, ¿qué ya tienes novia? je, je, cuando tenía novia y decidimos casarnos me decían, ya era hora, cuando decidimos tener un hijo me dijeron, qué ahora a por la parejita, cuando mi hijo creció y decidimos tener otro hijo, la frase era, enhorabuena, ahora ya te la puedes cortar, o ¿y qué, el mayor tiene muchos celos?
Pero es que nos hemos vueltos locos o qué???????

En fin, sólo quería dejar claro que mi vida ha cambiado por completo, al igual que cambiará la vuestra si decidís tener hijos. Noto como la ansiedad se apodera de mí cuando son las 4 de la mañana, y mi hijo pequeño se mete en la cama con tos. A las 3 el bebé ha estado llorando porque quería mamar, y a las 7 estaremos todos en pie. Mi hijo se negará a ir a la guardería, pese a todos los intentos conocidos por convencerlo (promesas, regalos, abrazos, mentirijillas,...). Cuando llegue a la guardería, habrán cerrado la puerta y tendré que esperar con el frío de la calle a que abran. Llegaré tarde al trabajo, donde mi jefe me mirará mal y escucharé los cuchicheos de mis compañeros. Cuando salga iré corriendo a recoger a mi hijo, que mostrará total indiferencia hacia mí. Después iremos a hacer la compra, mi mujer me reserva siempre los productos más extravagantes para que tenga que recorrerme todo el super. Cuando tenga toda la lista, mi hijo me dirá, papi, tengo pipi, y corriendo a buscar un baño. Al llegar a casa, mi mujer me esperará con una lista de cosas pendientes por hacer, junto con reproches como "¿Qué hacías? Has llegado muy tarde". Hoy toca bañar al niño, de nuevo inundará el baño, no querrá salir del agua, y cuando lo haga dejaré una pila de juguetes mojados dentro. El caos reinará después en el comedor, donde cientos de cochecitos, piezas de puzzle, caramelos chupados y trozos de ceras de colores inundan el suelo, mientras mi hijo decide estrenar su raqueta de tenis al lado de nuestro televisor de plasma. Llega el momento de la cena, que no transcurre plácidamente en la mesa mientras él me cuenta cómo le ha ido el día, sino en el sofá, mientras el señor observa la misma película de dibujos animados que ve 4 veces al día, y cuyos diálogos parecen ya espinas que se me clavan en el cerebro. Al acabar la cena, y con la energía recibida, comenzará a correr por la casa, y acabará rompiendo algo, lo cual será culpa mía, ya que era yo quien estaba a cargo de él. Conseguiré cenar a medias, porque seguramente antes de que llegue el postre sonará la frase mágica: "Papi, tengo caca", parece mentira cómo cenar y correr un rato por el pasillo puede tener un efecto a la vez laxante y sincronizado con nuestra cena.
Después de limpiarle la mierda, querrá jugar un partido de fútbol en el pasillo, tendré que ponerle el pijama y continuará viendo los dibujos.
Al poco ya es la hora de qyue se vaya a dormir, lo acuesto en la cama para contarle un cuento (siempre el mismo desde hace 2 meses). Cuando acabe, comenzará a correr de nuevo por la casa. Finalmente se duerme, son las 12 de la noche y te acuerdas de que no has acabado de cenar. En ese momento decides que lo mejor será tomar un Valium y enviarlo todo a tomar por culo, o bien finalmente cortártela como tanto te repite todo el mundo. Quizá sea lo mejor, porque la verdad es que para poco más va a servir de momento.

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